miércoles, 19 de diciembre de 2012

LAS TOMAS UNIVERSITARIAS, UN MAL NECESARIO - Por Mauricio Fernández Jara



El tema recurrente de estos últimos años, indudablemente ha sido la Crisis Educativa, que sumada a una creciente inestabilidad política han provocado un sinnúmero de movilizaciones,  protestas y tomas estudiantiles. Los aires de revolución social no han dejado de estar presentes al interior de nuestra universidad, la que  ha participado, fomentado y guiado dichos movimientos, pero ¿Qué motivos llevan a los estudiantes, literalmente a tomarse las dependencias de la universidad?

Bajo la siguiente tésis, formulo mi opinión al respecto con sus respectivos argumentos:
 

“Las tomas representan un mal necesario que influye en la solución de un problema generalizado o interno”.


Las tomas son medidas extremas que causan un efecto de presión sobre las autoridades. Su principal objetivo es buscar solución a las demandas que la comunidad universitaria en general requiere, recurriendo a la toma por la imposibilidad de entablar una negociación de manera dialogada y en  términos pacíficos.

Las tomas universitarias se ejecutan mayoritariamente de forma violenta, pues es un generador de disturbios en los que se ven afectadas tanto dependencias públicas como privadas.  Bajo este punto de vista, las tomas se muestran como una instancia agresiva, transgresora y muchas veces carente de organización política, tomando en cuenta la perspectiva de su propia gestión como “empresa de cambio”.

Está  claro que una toma puede generar cambios dentro de una comunidad universitaria y  la presión que ejerce este movimiento, induce,  de una manera u otra a negociar las posibles soluciones al asunto en cuestión. Esto representa una desventaja, pues una toma explícitamente nos comunica: -“Hey, queremos cambio, pero como si  no quieren negociar a la buena,  lo haremos a la mala”-. Esto último expresa la deficiencia de aquella “democracia” que por tanto tiempo el gobierno se ha ufanado en poseer. El sólo hecho de recurrir a instancias como esta, demuestra la naturaleza de nuestra sociedad, el típico vaivén, vulgarmente denominado “tira y afloja” que dificulta la comunicación y el diálogo, no permitiendo llegar a acuerdos realizables y concretos.

Irónicamente, el número de participantes del movimiento social  es bastante reducido, pues, si  consideramos  la cantidad de alumnos que  compone un campus, sumando los estudiantes de las distintas carreras,  nos damos cuenta que en términos proporcionales son menos de    ¼   los estudiantes los que  participan activamente del movimiento. Además,  las “asambleas generales” ya sean de carácter resolutivo y/o informativo, carecen de asistencia y participación estudiantil.

La información por vía informática carece de organización y los “caudillos” existentes no siempre expresan los datos de forma clara y concisa, creando confusión sobre la realidad de la situación, lo que genera disgregación entre las filas del alumnado. En el peor de los casos, esto termina por deformar las demandas que inicialmente se formularon, perdiendo unidad y respaldo de quienes luchaban por la causa inicial y en algunos casos deponiendo la toma por no saber como dar prioridad a lo que realmente les afecta.

Por ahora, las tomas aún siguen siendo un vehículo disuasivo que pone en jaque a las instituciones, obligándolas a ceder ante el estudiantado, llegando al diálogo sólo por la fuerza y no por la razón.

Una toma presenta características similares a un “movimiento social”, pues no responde a fines políticos pre-establecidos por un partido político y aparece de forma colectiva, respondiendo a un llamado de socorro que apela a las demandas de los estudiantes.

Remitiendo a los anteriores argumentos,  no vemos más que desventajas y tropiezos, pero como en toda empresa humana existen beneficios y problemas, deberes y derechos, entendamos que nuestro derecho a manifestarnos es también un deber, que a la vez conlleva una gran responsabilidad, pero también representa un deber: que las cosas se hagan de forma pacífica, tomando  conciencia de lo que se está haciendo y del por qué se está “luchando”, comprendiendo que no es necesario llegar a la violencia y que nuestra mejor arma es el diálogo pacífico.

 Los problemas pueden solucionarse de formas  viables, que impidan recurrir a medidas extremas. En  la  sociedad actual, es nuestra propia idiosincrasia la que no permite generar un cambio de conciencia que permita arraigar dentro de las personas, un sentido más racional dotado de conciencia social.


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