El
tema recurrente de estos últimos años, indudablemente ha sido la Crisis
Educativa, que sumada a una creciente inestabilidad política han provocado un
sinnúmero de movilizaciones, protestas y
tomas estudiantiles. Los aires de revolución social no han dejado de estar
presentes al interior de nuestra universidad, la que ha participado, fomentado y guiado dichos
movimientos, pero ¿Qué motivos llevan a los estudiantes, literalmente a tomarse
las dependencias de la universidad?
Bajo la siguiente tésis, formulo mi opinión al respecto con sus respectivos argumentos:
“Las
tomas representan un mal necesario que influye en la solución de un problema
generalizado o interno”.
Las
tomas son medidas extremas que causan un efecto de presión sobre las
autoridades. Su principal objetivo es buscar solución a las demandas que la
comunidad universitaria en general requiere, recurriendo a la toma por la
imposibilidad de entablar una negociación de manera dialogada y en términos pacíficos.
Las
tomas universitarias se ejecutan mayoritariamente de forma violenta, pues es un
generador de disturbios en los que se ven afectadas tanto dependencias públicas
como privadas. Bajo este punto de vista,
las tomas se muestran como una instancia agresiva, transgresora y muchas veces
carente de organización política, tomando en cuenta la perspectiva de su propia
gestión como “empresa de cambio”.
Está
claro que una toma puede generar cambios
dentro de una comunidad universitaria y la
presión que ejerce este movimiento, induce, de una manera u otra a negociar las posibles
soluciones al asunto en cuestión. Esto representa una desventaja, pues una toma
explícitamente nos comunica: -“Hey, queremos cambio, pero como si no quieren negociar a la buena, lo haremos a la mala”-. Esto último expresa la
deficiencia de aquella “democracia” que por tanto tiempo el gobierno se ha
ufanado en poseer. El sólo hecho de recurrir a instancias como esta, demuestra
la naturaleza de nuestra sociedad, el típico vaivén, vulgarmente denominado
“tira y afloja” que dificulta la comunicación y el diálogo, no permitiendo
llegar a acuerdos realizables y concretos.
Irónicamente,
el número de participantes del movimiento social es bastante reducido, pues, si consideramos la cantidad de alumnos que compone un campus, sumando los estudiantes de
las distintas carreras, nos damos cuenta
que en términos proporcionales son menos de
¼ los
estudiantes los que participan
activamente del movimiento. Además, las
“asambleas generales” ya sean de carácter resolutivo y/o informativo, carecen de
asistencia y participación estudiantil.
La
información por vía informática carece de organización y los “caudillos”
existentes no siempre expresan los datos de forma clara y concisa, creando
confusión sobre la realidad de la situación, lo que genera disgregación entre
las filas del alumnado. En el peor de los casos, esto termina por deformar las
demandas que inicialmente se formularon, perdiendo unidad y respaldo de quienes
luchaban por la causa inicial y en algunos casos deponiendo la toma por no
saber como dar prioridad a lo que realmente les afecta.
Por
ahora, las tomas aún siguen siendo un vehículo disuasivo que pone en jaque a
las instituciones, obligándolas a ceder ante el estudiantado, llegando al diálogo
sólo por la fuerza y no por la razón.
Una
toma presenta características similares a un “movimiento social”, pues no
responde a fines políticos pre-establecidos por un partido político y aparece
de forma colectiva, respondiendo a un llamado de socorro que apela a las
demandas de los estudiantes.
Remitiendo
a los anteriores argumentos, no vemos más
que desventajas y tropiezos, pero como en toda empresa humana existen
beneficios y problemas, deberes y derechos, entendamos que nuestro derecho a
manifestarnos es también un deber, que a la vez conlleva una gran
responsabilidad, pero también representa un deber: que las cosas se hagan de
forma pacífica, tomando conciencia de lo
que se está haciendo y del por qué se está “luchando”, comprendiendo que no es
necesario llegar a la violencia y que nuestra mejor arma es el diálogo pacífico.
Los problemas pueden solucionarse de formas viables, que impidan recurrir a medidas extremas.
En la sociedad actual, es nuestra propia
idiosincrasia la que no permite generar un cambio de conciencia que permita arraigar
dentro de las personas, un sentido más racional dotado de conciencia social.
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